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Spunti di Riflessione

di Marco Biagioli

 

Buscar a Dios equivale a buscar la parte más bella de nosotros mismos

 

Zeus quiso castigar al hombre y para no destruirlo lo cortò en dos. Desde ese entonces cada uno de nosotros es el símbolo de un hombre, la mitad de él que busca la otra mitad, el símbolo correspondiente. Platón, Simposio, 191d.

La palabra “símbolo” deriva del griego symbàllein que significa “poner junto”.

En la antigua Grecia se acostumbraba a dividir en dos un anillo, una moneda o cualquier otro objeto y darle la mitad de él a un amigo o a un huésped. Mitades éstas que ambas partes conservaban de generación en generación, lo que le consentía poder reconocerse a los descendientes de los dos amigos.

Este signo de reconocimiento se llamaba símbolo.

Es propio del hombre vivir la dimensión dividida del ser, inaccesible en su unidad primigenia, se concede al hombre solamente como desgarramiento. Podemos pensar la historia como un  tentativo, nunca interrumpido, de recomponer este desgarramiento; podemos pensar la religión como una proyección del más allá del deseo de recomposición; debemos pensar en el arte y en la filosofía como en la proclamación alta y fuerte de la imposibilidad de componer este desgarramiento, del que el hombre ha nacido como fragmento separable entre la tierra y el cielo solamente para ilustrar la gran distancia. A la mirada corpórea de los primitivos, porque todavía no se habían comprometido con las distinciones (separación diaballein) de la razón, las cosas aparecían  con-fundidas (sym-ballein): el sol que hacía madurar las cosechas era el mismo que provocaba la aridez, la lluvia que las mojaba era la misma de las inundaciones. La mirada con-fundida, no separando el bien del mal, lo verdadero de lo falso, cogía la verdad de las cosas, ninguna de las cuales es sólo positiva o sólo negativa, porque todas son ambivalentes.
“El dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, saciedad y hambre, y cambia como el fuego cuando se mezcla con perfumes fragantes, tomando cada vez su aroma. El hombre considera justa una cosa e injusta otra, para el dios todo es bello, bueno y justo”, Heráclito.
Cuando el cuerpo, de vehículo en el mundo se transforma en obstáculo que debe superar para estar en el mundo, entonces se transforma en alienación (que significa: encontrarse lejos de la propia esencia), donde el cuerpo vaga enigmáticamente en regiones donde el sentido se vuelve contrasentido, donde lo Inquietante se distribuye sobre todas las cosas, cargándolas de significados excedentes, más bien excesivos, porque su “ambivalencia” se declina en esa “polivalencia” donde todo se vuelve posible. Porque el mundo real se ha alejado tanto, que ha dejado tras de si solamente huellas alucinantes. Si alienación significa que el hombre se aleja de si mismo, probablemente no exista alucinación más grande de la que hoy sufre el hombre bajo el poder unánime de la ciencia.
“El cuerpo en la chalupa que te salva en el océano de la nada” Turoldo.  
Por otra parte, en Occidente, la alienación ¿no empezó el día en el que en este mundo empezaron a reflejarse las luces sospechosas de otro mundo? Desde el hyperuranio tópon de Platón al inconsciente de Freud, el occidente ha conocido siempre, sobrestimádolas, algunas instancias que, llegadas de un “retromundo” como diría Nietszche, non han consentido al cuerpo que habitase su mundo. Hemos crecido bajo el reflejo de las ideas y así hemos perdido nuestra sombra real, esa que nos da el sol, sin darnos cuenta siquiera que junto con ella es nuestro cuerpo que nos ha abandonado. “Escuchad hermano, la voz del cuerpo. Él nos habla del sentido de la tierra”. Nietzsche.
La coincidencia de cuerpo y existencia reside en ese bien-estar en el cual el Yo adhiere a su estado corpóreo, dejándose invadir por la calma y el silencio, escuchando y escuchándose vivir. El mal-estar es un desequilibrio de la existencia: en el dolor me separo de mi mismo. El problema del mal  está estrechamente conectado con el de la conciencia, la cual, a su vez, está conectada con el problema del conocimiento. Quizás por eso Sócrates consideraba que el mal podía ser efectuado solamente por quien sabe; y quizás por la misma razón Jesús perdona a quienes lo crucifican “porque no saben lo que hacen”.
La conciencia es, por tanto, “con-ciencia” del bien y del mal, capacidad de mantener unidos los polos de la antinomia. Su división (dia-ballein) conduce a la escisión de la personalidad del individuo que, en ámbito clínico, es la metáfora del mal. Nuestra aptitud a dar testimonio, nuestra vocación a la presencia, donde los hechos que se inscriben se manifiestan como actos de un cuerpo que se ve siempre implicado, no conoce condiciones ni intervalos.
“Glorificad a Dios en vuestro cuerpo”. San Pablo epístola a los corintios.
Existir es vivir (vivir – leben – deriva del antiguo leiben donde leib está por cuerpo viviente) y esta coincidencia, significa abolir toda distancia entre el yo, el cuerpo y la presencia que abre el mundo. Existentia conduce a exodus y exitus; la dirección de la humanitas, que expresa exitus está comprendida en la ex de ex-istentia, puede ser seguida solamente si la esencia del hombre no será pensada en términos biológicos como expresión de la animalitas, sino en términos ontológicos como la apertura incondicionada, ese sitio del aparecer del ser en el que es posible todo sentido o significado. “El cuerpo es el objeto psíquico por excelencia, el único objeto psíquico” Sartre.
La grandeza del hombre consiste en dar forma a la propia fuerza que Aristóteles llama energhèia, Espinosa conatus, Leibniz vis, Schopenhauer voluntad de vida, Nietzsche voluntad de potencia, Freud libido.     
La filosofía nació a raíz de una escena cómica. El primer filósofo, Tales, escrutando el cielo, cayó en un pozo suscitando la risa de una joven sierva de Tracia (¿hay más verdad en la risa o en el pensamiento?) Si a reírse del exordio de la filosofía es una joven sierva, como si el ser femenino ya sospechara con anticipación, la inseguridad de un pensamiento que se empantana en un exceso de seriedad, a reirse de si mismo, ma quizás no en forma sincera, es precisamente la filosofía con Sócrates, el irónico. También a la salud psíquica la acompaña la risa si lo que afirma Freud es verdad: “Mis pacientes se ríen cuando están a punto de descubrir algo de su inconsciente”. Ellos se ríen  de su falsa conciencia, de los engaños de la racionalización, de la desconfirmación de las certezas que sus pensamientos complacientes habían edificado en defensa de la desagradable verdad. Por otra parte, ya Lichtemnberg afirmaba: “No es posible llevar la antorcha de la verdad entre la muchedumbre sin quemarle la barba a alguien”. La barba de Hegel con la risa de Kierkegaard y la barba de Platón con la risa de Nietzsche.
“El hombre será libre cuando la realidad haya “perdido su seriedad”, y al hombre, no ya condicionado por la miseria y la necesidad, le será consentido “jugar” con sus facultades y potencialidades así como con las de la naturaleza” Marcuse.
“Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría” Nietzsche.
Las sociedades arcaicas iniciaban a los adolescentes en la vida social marcando el cuerpo, de manera que ellos lo de-signaban como el único espacio idóneo a llevar el “signo” del grupo, la “huella” del paisaje que “con-signa” el individuo a la sociedad (véase la importancia del potlàc).
Términos como “mente” y “cuerpo”, “psique” y “suma”, “Ello” y “Yo”, “Superyó”, “Consciente” e “Inconsciente”, además de dividir al hombre según el sistema de referencia presupuesto, se refieren a él como una entidad aislada, cuya cualidad esencial no es la de estar en relación con los demás y con el mundo. En 1917 Freud escribió: “La humanidad está sin duda informada de que tiene un espíritu, yo debo demostrarle que existen también los instintos”. El Yo no es patrón en su casa (“era más fuerte que yo, no he resistido”); aparecen repentinamente pensamientos que no sabemos de donde vienen.
Con el término inconsciente, Freud recupera a nivel psíquico una realidad que, observada de cerca, se revela, como ya el Dios de la religión bíblica, el resultado de una fractura de lo simbólico. Las relaciones conflictuales entre consciente e inconsciente (Freud ha concebido el inconsciente como el lugar del olvido mientras que Jung como el horizonte simbólico) no hacen más que traducir el apremio de esta escisión, por efecto de la que las cosas que nos están más cercanas: nuestro cuerpo, su voz, su imagen (cuerpo y mundo), se ven alejadas para hacer lugar a la interiorización de ese principio ideal de la subjetividad que se llama “alma” (del griego anemoi que significa traída por los vientos que penetran en los cuerpos que respiran) en el lenguaje religioso y “conciencia”en el psicoanalítico. Para el griego la divinidad es ese ambiente indistinto, esa reserva de toda diferencia, esa totalidad indiferenciada que los hombres, después de haberse separado, han advertido como su ambiente de origen y mantenido lejos, fuera de su comunidad, en el mundo de los dioses, que por esta razón vienen antes que los hombres.
El mundo donde ellos viven es el mundo del símbolo, donde la distinción no existe. A este mundo Freud lo ha llamado inconsciente en la forma mucho más dramática de lo divino y de lo sagrado. “Sacro” es una palabra indoeuropea que significa “separado”. Por tanto, la sacralidad no es una condición espiritual o moral, sino una cualidad que tiene que ver con lo que tiene relación y contacto con potencias que el hombre, no pudiendo dominarlas, advierte como superiores a él, y como tales atribuibles a una dimensión, a continuación denominada “divina”, pensada de todos modos como “separada” y “otra” respecto al mundo humano.
Esta relación de ambivalencia constituye la esencia de toda religión que, como significa la palabra, ciñe, teniéndola en sí, recogida, (re-legere). El área de lo sacro, de manera de garantizar a la vez la separación y el contacto, en que permanecen de todas formas regulados por prácticas rituales capaces por un lado de evitar la expansión incontrolada de lo sagrado y por otro su inaccesibilidad. Es como si la humanidad hubiera presentido antes de temer o de invocar cualquier divinidad. En efecto, en la religión, Dios ha llegado mucho más tarde. En contacto con el mundo sagrado están las personas consagradas y separadas del resto de la comunidad (los sacerdotes), espacios separados de los demás ya que están cargados de poder (fuentes, árboles, montañas y además templos e iglesias), tiempos separados de los demás y denominados feriados, que delimitan los períodos “sacros” de los “profanos” donde, fuera del templo (fanum), tiene lugar la vida cotidiana cuyo ritmo lo marcan el trabajo y las prohibiciones  (los tabús) y de estas últimas  derivan las reglas y las trasgresiones.
Según Citati la encarnación de Cristo es la paradoja más sublime de la teología cristiana. El Dios que se vuelve hombre: un Dios innominable, impronunciable e indefinible que toma un nombre: el infinito que acepta lo finito, lo ilimitado que lleva el límite, lo que es espíritu o por encima del espíritu que se hace carne: algo eterno e inmortal que busca la muerte: el Ser que persigue la nada, la suprema Sabiduría que desea la locura: jamás la imaginación había concebido algo tan maravillosamente absurdo.
Ninguna idea trastocó tanto el mundo. Los Griegos y los Chinos no podían aceptar que Dios se modificara y se transformara, porque él ignora toda mutación; ni que asumiera una carne humana. Según ellos, un dios no podía morir con una muerte violenta e ignominiosa: ni bajar a la tierra y sacrificarse por nosotros. Todo el dolor, la impotencia, la fragilidad, la debilidad les parecía totalmente incomprensible. De esta paradoja nace toda la civilización de Occidente. Sin la encarnación de Cristo, nuestra religión no tendría sentido: Durante siglos, ninguna mano habría pintado un cuadro ni escrito un libro: No habría existido esa grandísima invención que es la novela europea. Los filósofos no habrían poseído los marcos mentales dentro de los cuales pensar. Todas las más grandes y humildes expresiones de la vida cotidiana habrían perdido todo valor y todo halo; el dominio de la idea de la encarnación explica también los vicios de Occidente. La soberbia del hombre, que se cree superior a todas las criaturas porque Dios se ha encarnado en él: la incapacidad de comprender lo espiritual si éste no asume un aspecto físico: el desprecio de la naturaleza porque no ha sido redimida: de los árboles porque Dios no se encarnó en un árbol.
Para Feuerbach el cristianismo, leyendo en la figura de Cristo: Dios y el hombre, es la religión perfecta. Perfecta en doble sentido: en primer lugar porque, a diferencia de todas las demás religiones que colocan a Dios en la absoluta trascendencia, con la encarnación, el cristianismo anticipa que Dios no es nada más que la esencia humana que trasciende la angustia de cada una de las individualidades y a quien cada una de las individualidades debe tender en una especie de antropología del futuro; en segundo lugar, porque indicando en el amor la esencia de Dios, no separa en el individuo el corazón de la razón y no separa a los individuos entre sí, sino que los pone en conexión en esos lazos en los que se expresa la verdadera esencia de la religión en su acepción de re-ligio, de lazos entre los hombres. El cristianismo ha “Humanizado a Dios” y “divinizado al hombre” (en occidente el arte le debe mucho al concilio de Nicea – 787 – donde se aprobó el culto de las imágenes, único caso entre las religiones monoteistas).
La razón marca la gran separación entre lo humano y lo sagrado, la lógica ha de-finido el sentido. Con la ciencia la tierra, de tierra-madre se volvió indiferente, el cielo cedió la mitología de las estrellas al polvo cósmico, y el alma del hombre, psyché, que Platón había sustraído a la temporalidad y orientado hacia la eternidad, inició a perseguir los eventos del tiempo y sus nuevas configuraciones, que no podían deducirse ontológicamente, ni tampoco podían describirse a partir de configuraciones anteriores.
Hoy la técnica no nos consiente pensar la historia inscripta en un fin y por consiguiente libera el mundo como absoluta y continua novedad; refuerza la ética del caminante que mira francamente la imposibilidad de descifrar el destino rechazando las ilusiones evocadas como protección  y está dispuesto a renunciar a sus arraigadas convicciones rozando el abismo en su apertura al mundo. (Véase el cielo estrellado y la ley moral de Kant).

 

“En vano escondemos el corazón en el pecho,
en vano frenamos nuestro coraje, nosotros maestros y alumnos.
¿Quién podría impedirlo? ¿Quién podría prohibirnos el gozo?
Día y noche, un fuego divino nos empuja
A abrirnos el camino. ¡Dai vieni! Miremos a lo Abierto,
Busquemos algo propio, si bien esté todavía lejos”
Holderlin

 

Los poetas no cantan por esto o por aquello, sino por nada. Esta nada no es el vacío, sino lo que el pensamiento que calcula calla. “ Ellos dicen lo callado”.

“El arte trabaja a su mejor nivel cuando pasa inadvertida, y al mismo tiempo evoca las potencias más recónditas y más sencillas en las que el hombre se reconoce a si mismo. Y es una de las recompensas que nos corresponde porque pensamos por medio de lo que vemos”. Arnheim

Para Galimberti la música es la interrogación del alma y del mundo; nos conduce a las proximidades de ese misterio que cada uno de nosotros es para si mismo. Escuchando entre la multitud un sencillo ritmo primitivo del golpear y levantar, ese latido cardíaco que es el primer sonido que advierte el feto y que no distingue del propio, nos hace entrar en la condición de hacer las preguntas en forma corporal no teórica. En esta experiencia de la nada, en esta ausencia del propio nombre disperso en la multitud que en su anonimato, ha ingerido todos los nombres, hay en el grito primordial colectivo una vuelta al acto de fundación de las primeras comunidades que no se han recogido, como sostienen las teorías psicoanalíticas, en torno al hogar sino, como nos recuerda Severino, en torno a un grito.

Breves instantes se le conceden al hombre para acoger lo eterno. Hasta donde se extiende mi presencia, allí se extiende mi cuerpo, porque suyo es ese espacio, así como lo es del bailarín el espacio del que él se apropia para bailar. “Quien no baila no sabe lo que ocurre” fragmento gnóstico. El cuerpo entrega la onto-logía a la geo-grafía, a la grafía de la tierra, la más expresiva, la más descriptiva, la que no concede privilegios ontológicos porque no conoce la  mono-tonía del discurso, sino solamente las sinuosidades de la cosa, que confunde las líneas de los geógrafos, desorienta, pero solamente para acercar a la orientación. Que además sea día o sea noche no se puede decir, la ambivalencia los confunde, (el cuerpo es ambivalente) le son familiares la aurora y el crepúsculo, cuando el día no es sólo día y la noche no es sólo noche.

Podríamos sintetizar con San Pablo que el tesoro está aquí, somos nosotros, juntos en asamblea. Estar- en- el- mundo significa siempre, en pocas palabras, estar en el mundo con mis semejantes, estar con las demás existencias. (Mitdaseiende – Heidegger).


Marco Biagioli

abril 2006

www.marcobiagioli.it

 

 

Versione italiana - Dio equivale a cercare la parte più bella di noi stessiEnglish version - Looking for God is looking for the most beautiful part of ourselves

Version française - Chercher Dieu c’est comme chercher la partie la plus belle de nous même

 

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